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Lumbre (1999)


1. Lumbre

Lumbre enceguecidos caminos
extraviados en los pliegues
de su ardiente obscuridad,
ojos de vírgenes ahogadas
en la fosforescencia criminal
de partos prematuros, en octubre,
mirando desde todas las hojas
de lívido color silvestre.

Por ellos con una húmeda antorcha
soplando el velamen agreste,
dispersos en la dispersión
del tiempo en esquirlas estallado,
marciales en la clarividencia
de ciegos prorrumpiendo a gritos
en su dimensión para siempre callada.

Camaradas cabalgando conmigo
en la precipitación de hojas llameantes,
camaradas míos dormecidos
en el brebaje de uvas destiladas
en los alambiques del viejo Patriarca,
hermanos míos conjurados
en la gran orden de los Insulares,

lumbre los extraviados caminos
delante de nuestras cabalgaduras
esfumándose, centelleando en el rigor
del húmedo padre clarividente,
lumbre las doncellas en sí ahogadas.

Lumbre la ceguera abismal
de ancianos regresando a la muerte
con su ajuar de amargas vicisitudes,
mientras nosotros enmarañados
en el brebaje de uvas sacrílegas
con nuestra húmeda antorcha extraviados.


2. Claustros

Desde dentro de los claustros
cerrados con mil cerrojos,
fijos en el derrumbe total
de intersticios y celosías,
extraviados en el eclipse
de toda luz viviente,

los orbitales ojos de los ciegos
conmoviendo las catedrales
con su pesado misterio suprahumano,
desgarradoramente errantes
por laberintos sin solución
en la noche perpetua.

Qué antro oracular, mudas criaturas,
qué portentosa luz obscura
la que desde el interior blindado
a gritos su estentórea mudez
descerrajando tímpanos y sellos,
abriendo su espectro de haces invertidos.

En la elíptica del pastor ciego
un cayado su camino a tientas
por el resplandor de párpados dormidos,
y las catedrales estremeciéndose
en el misterio de la luz coagulada,
de la luz invertida centelleando.


8. Vaho natalicio

Donde mi vida envuelta
en oracular misterio,
donde mis pasos desarraigados
en torno a su propio rastro,
en torno a perdidas huellas…

Donde ni siquiera tú, Claire,
ni siquiera las orientaciones
de tu insistente lumbre
rodeándome de sonoro crital,
integrando mi desintegración
en su destino de orden y arraigo…

Cansado el vigía insomne
al borde de la mar eterna,
cansado en los caminos prófugos,
cansado en los riscos atalayas.

Cansado en los calendarios
deshojándose en el vacío
de hojas lentas prorrupciones,
de oro mortuorio reiterado.

Un marinero exhausto
al azar de los siete vientos,
extraviado en la luz equívoca
de inequívocas constelaciones,
inconmovible en su incertidumbre,
oracular en su délfico misterio.

Y ni siquiera tú, Claire,
ni siquiera tu lumbre, esposa,
allí donde mi vida envuelta
en natalicio vaho otoñal,
y en torno los mismos pasos,
y las mismas huellas por la mar.


21. Himeneo

Abierto en dos el pentagrama
de tu lírico desborde nupcial.
Vate, tu noche de bodas con la Musa,
ahora, sobre el tálamo invernal.

Ahora, ante el níveo panorama
de espumosa pompa derramada,
tu himeneo en el altar del frío
ardiendo en arrebatos incendiarios.

Tu música sublime equilibrada
en el andamiaje de alfabetos
de la raíz del habla rescatados,
floridos de inéditos acentos.

Ofrecida en cruz tu núbil musa
sobre el lecho nupcial engalanado.
Vate, por su piel pura las trazas
de tu tatuaje a besos profanos.

Por el pentagrama en dos abierto
tu himno délfico de audaz cetrería,
tu lírico desborde en el invierno,
tus bodas con la luz apolínea.


27. Hora grávida

Hora grávida de tanto ser,
de tanto no saber de dónde,
ni quiénes, ni desde cuándo,
ni cómo a esta nave girante
con tanto resabio a calas,
a tanta flor de cementerio
circundándonos, nimbándonos.

Por qué, por qué, canción vesperal,
por qué, canción mía doliente,
tanto misterio en las existencias,
tanto no saber, tanto soñado,
o entrevisto en el desvarío
de caballos al galope
por entre amapolas y mostos.

Hora vesperal ramificada,
hora grávida de destino
cuando yo el único que el tiempo,
yo el único que circuído
de un empuje centripetal,
náufrago en medio de las cosas.

Quiénes, cuántos y desde dónde,
y hasta cuándo, misteriosa voz,
voz sin timbre en el atardecer,
hasta cuándo insomne ejerciendo
persona y ademán, hábitos,
número, inveterada cadencia,
domicilios reiterativos
en el gran hogar girante.

De indestructible misterio
la voz que en la grafía vesperal
su irreproducible grafía,
insistiendo con sus idiomas.

Hora grávida de ya no ser,
de ya no saber desde dónde,
ni para qué, ni hasta cuándo.


28. Desarraigo


Silenciosa habitación
en algún lugar de alguna parte
rodeando ésta, mi posibilidad
de imprecisas coordenadas,
otorgando sustento óntico
a mis dispersas entidades
en la tambaleante realidad,

quienquiera que sea el que no soy,
quienquiera que habite tu espacio
asumiendo mi forma negada,
quienquiera, silenciosa habitación,
que en ti mi prófugo hogar,
que en ti mi domicilio errante,

lumbre precaria para su no-ser,
lumbre áspera para sus ojos ciegos,
lumbre de vesperales rincones
para su interferida orientación
en el total desarraigo humano.

Lumbre de arraigo tectónico
para el que disperso en lenguas
y convicciones, desnudo en medio
de la subyacente animalidad,
rodeado de briosas persecusiones.

Hacia la cuatro de las direcciones,
hacia las totales de la víspera,
los relojes súbito colapso,
el tiempo en hélices disgregado,
y en el trasfondo las máscaras
despojándose de rostros.

Silenciosa habitación
en algún lugar de ninguna parte,
quiequiera que sea el que no soy,
quienquiera que habite tu espacio
asumiendo mi forma negada,

lumbre precaria para su no-ser,
lumbre áspera para sus ojos ciegos.


29. Tardía madurez

Tardía madurez,
tardía rectitud
del juicio, arrollado
en sus púberes pliegues,
turbio en la travesía
por islas y vicisitudes.

Tardía plenitud
de la lumbre apenas,
apenas encendida
en la densa penumbra
de los pasos tempranos,
a tientas con un báculo
infiel, solitario
entre los solitarios.

El sutil filamento
de tu sólito sino,
en tu peculiar extravío
por brumosas islas,
hermano en la madurez,
¿dónde, dónde su señal,
dónde en el dédalo
el hilo de tu dirección?

¿Dónde en el filamento
por rutas y constelaciones,
dónde por la multitud
de rostros brumosos
rotos en su filiación?

Turbio el entendimiento
en la herida travesía
del joven peninsular
construyéndose a golpes,
imbáculo y bacular.

Y ahora tanta lucidez,
ahora tanta luz, de golpe,
devolviendo a jirones
la herida nocturnidad
de los pasos tempranos.

Tardía madurez,
tardía rectitud
del juicio en penumbras,
obnubilado en los pliegues
de su sólito sino,
solo entre los solitarios.


30. Soplo délfico

De repente el vuelo triunfal
de una idea largamente mía,
de una imagen allí incubada
donde el mismo entendimiento
desploma sus tentativas
bajo cieno o vaho de ciénagas.

Regio abanico de plumas
en una región onírica
desplegadas, batiendo en el éter
tu solemnidad de ave olímpica,
inaprensible en tu entidad
de puro soplo délfico
de mi lumen desprendido,

contigo una porción de mí,
en ti mi propio ser arrancado
de raíz por una voluntad
de término y permanencia,
de hundimiento y continuidad
entre lo irreal y lo eterno.

Núbil su magnificencia
de intocada doncella
exhibiendo sus claves,
danzándose en el misterio
de anónimos númenes
rutilando sin presencia.

Idea mía en fuga
desde un arcano esmeril
y apenas retenida,
antes que tu consumación,
antes que tu vuelo olímpico
su imperial holocausto
en las llamas del deseo,

plena tu comparecencia
ante mis príncipes reunidos,
y vírgenes en fuego cimbradas,
y doncellas inmolándose,
y núbiles deidades
su nupcial vuelo en llamas
hacia extinción y trascendencia.