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Anunciación. Ángeles y Espadas
Myrtos, Sevilla, agosto de 2005 (selección)


2. Anunciación

Un ángel de niebla y ceniza
viniera a mí en el atardecer
con su muda voz sacudida,
y abriera desmesuradamente
sus ojos sin dimensión,
sus ojos vacíos navegando.

Viniera en el atardecer
hasta mi distante ventana,
y sacudiera su voz
de áfonas sonoridades,
de áfona intemperie tonal,
al tardío atardecer,
envuelto en insondable niebla.

Y me mirara con sus ojos
inalcansablemente lejanos,
errantes por la interioridad
de mis criaturas inconsolables.

Un ángel de niebla y ceniza,
un ángel de despiadada mudez
frente a mi remota ventana,
con sus labios inútiles llamando,
irreconociblemente mío.

 

3. Aullido

Alguien parecido a mí
el que desde los bosques
un aullido de animal extinto,
un grito agudo prolongándose,
conmoviendo la noche.

Hijo mío, hermano, sombra
de mi vida desnuda en medio
de despiadadas bestias,

ni tú ni yo, ni nosotros,
ni ninguno ni nadie yo,
el que con tantos rostros
y con tantos nombres,
y ni una sola identidad
en la sed del acoso.

Tal vez a mí parecido,
tal vez yo mismo, tal vez
ninguno de nosotros,
o todos de una sola vez.

Un aullido de bestia herida,
un grito de aguda intensidad
en la espesura del bosque,
en la espesa ceguedad.


6. Hora

Pródiga de emanaciones
la hora que en mi reloj
detenida y derramada,
pródiga de criaturas
bullendo en torno de mí
con su sutil zumbido.

Algo que indefinible,
que infiniblemente
lo que su voz descalza,
lo que su voz en la hora
de misteriosa entidad
succionando el tiempo.

Desde dentro de las cosas,
a débiles vagidos,
permaneciéndose y yéndose,
o precipitadamente
a través de la habitación,

hora, tu espesa melena
inaprensible y fugaz,
tu entidad de fantasma
rodeada de objetos
y plena de desnudez.

Pródiga de emanaciones
lo que indefiniblemente
dormido en mi reloj,
llorando con su voz descalza.


9. Casas al atardecer

Casas al atardecer
en ningún domicilio
domiciliadas,
absortas en la transición
de la claridad menguante
a la creciente obscuridad.

Pesadas de maderas
húmedas amamantadas,
de espacios atiborrados
de una espesa magnitud,
húmedas en el paisaje
sus tectónicas raíces,

y tan inconsistente
su ceñuda gravedad
poblada de ventanas,
tan de viaje por el aire
con su irreal tripulación
de vidas vesperales.

A ningún destinatario
las cartas ultramontanas
caídas a tu cuarto obscuro,
y ningún mensaje el humo
de naves navegando
en la mar crespuscularia.

Sencillamante casas
al atardecer dispuestas
en la realidad migrante,
en las hilachas de luz,
en la vaguedad del día
irreal tambaleante.

 

10. Adormideras

En la paz de las adormideras
desplegar, de súbito, las alas,
y dejar de ser y seguir siendo
en la transposición cardinal
de tiempo y conciencia terrestres.

Así como si ni origen ni rumbo,
como si ni destino ni nenúfar
en la nebulosa amnesia urdida
en torno a la luz y lo viviente.

Adentro de mí, y de mí ausente,
errante de mí en la obnubilencia
de renuncia y negación, de cancela
y cerrojo en la hermenéutica
del ser de sí mismo despojado.

Toda una larga historia del efímero
gusano encerrado en su capullo,
hilando, tejiendo su indumentaria
de sueños despiadadamente rotos,
despiadadamente terrrestres.

En el follaje de las adormideras
el indefinible especimen astral
jocundo de lúcida ceguera,
ebrio de un narcótico intemporal
en la órbita de lo inenarrable.

La realidad tu capullo infranqueable,
tu celda monacal sellada.
Pero un sólo golpe de adormideras,
una inhalación de aromas órficos,
y tu estúpida conciencia trascendida,
tu regreso a la amnesia originaria.

 

11. Mariposa

Ocurra una flor inédita,
ocurra un insólito perfume
desde el útero de las cosas,
una mariposa arrebolada
en un color de inextinta llama,
en un espectro de lítico fuego.

Despréndase inesperadamente,
de súbito y en alto sigilo
con sus invencibles atributos,
con sus facultades omnímodas
desde la vagina impalpable,
desde el manantial del misterio.

Llegue hasta nosotros su irradiación, llegue hasta nosotros su fuerza oculta,
y disuélvanse en polvo y silencio
las maquinaciones diabólicas
de aquello en nosotros subyacente,
de lo que en nuestra humana doblez.

Ocurra en su envolvente inanidad,
ocurra en su arrolladora impotencia,
llena de impalpable fuego digital,
llena de incombustibles llamas secas.

Una flor inédita erigida,
un perfume insólito rociado,
una mariposa color arrebol,
color incendio, color inextinto,
color humano en su humana doblez


13. Ruina y ceniza

Ruina y ceniza los años caídos
al precipicio de la memoria
con todo lo que entonces hemos sido,
con nuestras miserias y derrotas.

Ya no recuerde el que dejando de ser
prosiguió su marcha, transferido
al mismo que tanto y que tanto volver,
y no regresar nunca al niño herido.

En un único sorbo la hidromiel
del varón enhiesto en su cabalgadura,
y el infausto trago de amarga hiel
camino de no reencontrarnos nunca.

En el fondo sin fondo de la memoria
todos nosotros que precipitados,
esperándonos sin rostro en la hora
de no volver jamás ni ser hallados.

 

21. Pítica

Un sólo poema de amor,
un único canto a lo eterno,
un tapiz, un mosaico
de reluciente pedrería,
una melodía estelar
de matemáticas notas,
un himno pítico al corazón.

A mí la musas, a mí Euterpe,
a mí la danza de vocablos
olímpicamente entretejidos,
a mí la apolínea lira
de astrales tañidos.

Un sólo poema de amor,
un ramillete de trinos,
un canto para lo eterno,

y después dormir para siempre,
después vivir para siempre,
después cantar por la eternidad.