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Polizón Perplejo
(selección)

 


Números

Número potencia sideral,
número hermético don
que llave en la cláusula,
llave en el escondrijo
de espíritus y ánimas,
airoso con sus fórmulas
de alquimistas y brujos.

El prestidigitador,
el chamán planetario
desde la Osa Mayor,
desde el Auriga Ciego,
infalible arquero
de número y saeta,
a galope tendido
por entre los destinos.

Esposa, el sopor del estro,
el brebaje de hierbas
de nombre inaccesible,
la visita fantasma
de antepasados en tránsito
por las transmigraciones,
el empuje de los muertos
ingresando al sueño…

¿Por qué mi corazón,
por qué mi identidad
de indefinible substancia,
por qué mi vigilancia
en las cruciales confluencias
total recepción, total?

¿Por qué los números,
por qué su intimidad
de secreta clarividencia
en mí desordenando,
en mí armando y desarmando,
asignando rol y sino?

 


Leche materna

Penetrando por un ojo,
por un rictus amargo,
por un par de palabras
lanzadas sobre la mesa,
por un súbito ademán
arrancando de cuajo
máscara y simulador,
desvío y estratagema…

A través de la comisura
arqueda de los labios,
de su línea locuaz
herméticamente muda,
clausurada a hierro
por siglos, por milenios,
por las edades del hombre.

Hete allí, mudo animal
insistiendo en tu estrategia
de fiera acorralada,
mudando las contraseñas,
falseando las claves
en tu redil sin tregua.

Pero un guiño involuntario,
un gesto irreprimible,
un abrupto fonema
desnudo en el aire,
asomando sus números,

y por allí el ojo avizor
decodificando sótanos,
íntima conciencia replegada.

Sí, las edades del hombre
temblando en su intimidad
con su animal a cuestas,
gruñendo tras las máscaras,
lejos en el exorcismo
de la leche materna.

 


Cavidad sonora

Húmeda cavidad sonora
tintineante de gotas metálicas
rasgueando las líticas cuerdas
de su instrumento de piedra.

Millones de años que el agua
con sus pausadas sílabas de sal,
paciente erección de un templo
de mítica luz mineral
sustentando tiempo y misterio,
bóveda inmersa en densas penumbras
devocionada de ánimas y chamanes.

Tal vez los toscos homínidos
aquí su lugar cuando el planeta
cruenta lucha de crueles saurios,
y la cal del altar silvestre
deposiciones óseas sedimentadas.

Cariátides truncas doncellas
de tribus de luz de la geología,
arrastrando su cautiverio
desde las edades cósmicas,
lloradas por milenios de lágrimas.

Húmeda catedral de piedra
sumergida bajo el peso inmenso
de cósmicas edades apretadas,
sonora de tu propio instrumento,
de tu órgano colosal soplado
por tu pulmón tenebroso henchido,

tus columnas de sal inconclusa,
tu altar mayor de cales dedicadas,
tu pila bautismal de linfas pétreas,
tu nave flanqueada de doncellas truncas,
tu bóveda de luz obscura alumbrada,
tu sacerdote fantasma orando,
tú, húmeda cavidad sonora
en el ámbito digital del agua.

 


Polizón perplejo

Exterior e interior
sumo orden numeral,
pura lógica cifrada
con fría exactitud,
clavados en su destino
matemático sin piedad.

Un único movimiento,
un sólo rodar de astros,
de eternos engranajes
mudos obedeciendo,
girando en su órbita con férrea disciplina,
irrenunciablemente fieles.

Engañosa, furtiva realidad
lo visible e invisible,
fraccionada en miles,
en millones de actos dispersos
conectados al orden
por úmeros vigías.

Preciso y matemático
el perfecto equilibrio,
con su agente perturbador
perplejo y sonámbulo
entre las coordenadas.

A veces desde las cosas,
los números su disciplina
en ráfagas de lucidez
su demencial trastorno,

y un ojo pasmado
extrayendo cifras,
formulando fórmulas
a través de las grietas.

Infructuoso afán
el polizón aturdido,
con sus utensilios
midiendo las tinieblas.

Y sus propios números,
su propia armazón real,
perplejos en las aspas
del girante macrocosmos,
vanos vigías ciegos
entre interior y exterior.

 


Interlocutor

El interlocutor
un locutor solitario,
solitario, solitario,
desdoblado,
espécimen insular
frente a frente,
enajenado.

Preso dentro de sí,
volcado hacia dentro,
ensimismado,
y de sí mismo ausente,
sin rumbo en la otredad, indomiciliado.

Hablado en la misma voz,
con el mismo bagaje
comunicado,
y ningún exterior,
ninguno en la otra riba,
desvinculado.

Contigo y sin ti,
con él y sin él,
indeterminado,
todas tus vidas vivir,
todas tus muertes morir,
acorralado.

El interlocutor,
un locutor y su yo
en su soliloqio
participado,
dos y la misma voz,
dos y el mismo interior
interiorizado.

 


Reclusión

Una soledad inmensa,
una soledad de isleño
naufragando en sí cada día,
recluído al interior
de idiomas inextricables.

Las aves, las tormentas,
las embarcaciones grises,
los dramáticos mensajes
pasando, cruzando sin fin,
rehuyendo los arrecifes.

¿Quién vendrá, quién llegará,
quién abrirá las puertas
y gritará, gritará,
gritará por los pasillos,
por los cuartos lóbregos,
por el desván dormecido,
por el sótano monacal,
quién llegará, y desde dónde?

Tu abnegada porfía, esposa,
tu tutela de besos
velando en las altas fiebres
con un talismán azul
de férreo cristal terrestre,

y el agua, el agua girando,
el agua y su rumor natal
perforando los sueños
con su insistencia remota.

Nadie vendrá, nadie, nadie,
nadie con voz auroral
restituyendo las claves,
devolviendo al orden óntico
su perdida condición luminal.

Una soledad inmensa,
una soledad de nauta
con su barco fantasma
cruzando los océanos,
y no llegando jamás.

 


Harina

Harina luz estelar,
harina fibra órfica
en sílabas apretada,
misteriosamente clara
en tu diáfano prodigio
de enzimas apiñadas,
agraria y cósmica de alas,

a tu origen azul
de luz incendiaria
por la tierra aplacada,
a tu génesis astral
de minerales rudos
y agua disgregada,

a tu aleteo íntimo, harina,
atado al misterio
de transparencias líticas,
de castalienses zumos
errantes por el alambique
dedálico del sueño,

a tu intimidad, harina,
a tu espeso enigma
de luz conglomerada
parpadeando de bríos
y velocidades dormidas,

mis dendritas, mis yemas,
mi embriaguez luminal,
mis números perplejos
en el extasío innumeral

de cristales, de enzimas,
de pigmentos, de polvo astral,
de aguas desmontadas,
de minerales dormidos,
de luz incorpórea
en prodigio corporizada.