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Portada


Mar tumultuosa su espuma
que a las playas furia en oleadas,
que a los arrecifes su imperio,
que a la costa su erguida amenaza,
temblor telúrico, arpegios
de sal en fulgor mineral restallada.
De cataclismos cuando la tierra,
cuando el planeta en el tiempo
sin orden ni dirección, a ciegas,
y cuencas vastas entonces morada,
recipientes de iras implacables
que la luna inalámbrica danza y acato
Miles de años de espuma
su ráfaga mineral, su áspero lamido
que el perfil pétreo implacablemente,
que la línea de obscuro granito
con su atroz mordedura, royendo, hasta que rubio derrame en guijarros, hasta que límite en roca y embate, en reclamo lustral resistiendo
Indómita fuerza
que oceánicos vientos guerreros
interminablemente en demente danza,
en delirante oleada su ira
contra el planeta asustado:
hasta tu orilla iracunda
el hombre, sin embargo,
hasta el sitio por tu sal hollado
el hombre habitación y templo, mercados.

En el sur del planeta
cordilleras y selvas,
en el sur del planeta
ríos su estigma azul serpenteante,
bosques su verde cítara pulsada,
llanuras donde vid y granos rutilantes,
volcanes su incendiario señorío.
Angosto, enjuto territorio urdido
por cataclismos de geológicas claves,
por reciedumbres de placas terrestres
arrancadas de su reposo pétreo
por cósmico empuje, por sumergidas iras
de magma torrencial, de abisales fuerzas
que valles hendiduras, que elevaciones sierras,
que humus delirante brumosas selvas,
que nieves vastedad briosos torrentes
Allí un día, entre vientos y espesuras, allí un día, donde saurios su rugir, donde alaridos de bestias y cieno, allí el hombre un día su afán diminuto, su heroico intento entre mar y cordillera.
A la orilla mugiente que el viento
acaudilla en veloz arrebato,
a la inhóspita costa que ruidos,
que tronar de látigo enhiesto crispado,
de ráfaga y ráfaga azul erizada,
que pavoroso volumen volcado,
a esa orilla el hombre, temblando,
el hombre asombro y unción, en lo alto.

 


XII. Al agua


Al agua del mar bullente de peces y espumas,
al agua azul de inescrutables misterios,
de don mineral y atributos gestarios,
al agua sal y oxígeno y carbono,
y materia cósmica, y esquirla del rayo,
lucha y vaivén, polémica de truenos,
contienda de planetas irreductible que la noche hipnótica con sus antenas, que rotación, y ángulo, y desplace, y pulso de los vientos transoceánicos,
al agua, madre, a tus aguas filiales, a su patrocinio de entidades insondables en cuya potestad tus planetarios distritos, de cuyo bramar tus trastornados sonidos,
al agua undosa, a su vértigo de tromba sacudiendo, revolviéndose en sí, desatada, lúdica y ebria y voraz y hechizada, a su fuga perenne que los peces, que la luna inalámbrica su tutoría, dínamo sierpe enrollada y disuelta, convulsa en un rapto de ménade en trance, furia, escurrir, elevarse y restallo,
al agua que piélagos, que ínsulas boreales, que el confín de los océanos inmensurables, al agua que inaccesibles oquedades, que acantilados recios, que moles polares, que espuma migrante y sal derramada,

al agua, ciudad, que tu perfil roído,
que tus pies dislocados, que tu vientre sonidos,
que toda tu extensión en su letárgico vaho,
al agua ayer, entonces, hipnotizado,
al agua desnudez, al agua amparo,
al agua en el amor, al agua negros pájaros,
al agua en el exilio, al agua sus brazos,
al agua hasta en el sueño precipitado.
al agua en el morir, al agua, al agua, al agua

 


XXIII. Fauna porteña


Habitantes del anfiteatro sonoro
por donde el viento dispersa sus lenguas
diseminando cifrados secretos marinos,
hijos de los desgreñados cerros
cuya arquitectura de hirsuta prosapia vacila en el trapecio del pulmón oceánico,
corajudos portuarios de manos callosas, legendarios centauros de los mares, lancheros de maroma y marejada, ascensoristas de pesados malabares, mariscadores a orillas de la muerte, vocingleros mercaderes del zapallo, albañiles de gredosa argamasa, ferroviarios de pito y estruendo, pescadores que la mar enamora y atrapa, ambulantes de tortillas de rescoldo, seductores managuas de viril linaje, picasales de rostro salpicado, lustrabotas, fotógrafos, taxistas. afiladores de cuchillos trashumantes. canillitas de estridente grito, amasadores de albina apostura, hojalateros cauterizando derrames, prodigiosos especímenes circenses, vendedores de mote con huesillo, sagaces matuteros de la orilla, conductores de serpenteante estilo, barrenderos de retorcidos conductos, recolectores de huesos y botellas, huasos urbanos de Quebrada Verde, milicos de socarrona labia, pelusitas de sueño estremecido.
estibador sonoro y bochinchero, costureras enhebrando sueños,
bodegueros borrachos como cuba,
alquimistas de chicha y floripondio,
carretoneros agitando los mercados,
peluqueros de rápida navaja,
escolares díscolos y cimarreros,
talabarteros domeñando cueros,
chirimoyeros de tinta pasada,
artesanos de caóticos talleres,
organilleros de pegajosas notas,
zapateros de aguda lezna,
aduaneros agobiados de bultos,
traficantes de perfumes silvestres,
barquilleros navegando en Plaza Echaurren,
turroneros de empalagosos dedos,
sufridos cargadores de la feria,
profesores de pizarrón garabateado,
jornaleros de jornal exiguo,
tripulación sórdida de la noche,
pobladores de las altas galerías donde el mar estentóreo retumba y desgrana sus ruidos crepitantes,
sabed que sal y escamas y arcilla, sabed que volantín y trompo y rayuela, que chillido de acrobática gaviota, y onduladas aguas galopantes, y recodo de empedrados viaductos, y ruidos desgarrados de la lluvia, y sopaipillas pasadas, y cazuela, y pastel de choclo, y sopa marinera, y la voz del mar dondequiera que vaya, dondequiera que mis pasos resuenen, dondequiera que la luz me deslumbre

 


XXV. Dinastías


El hombre inefable entidad cuyo destino azar y error, traspié del acto irresoluto, demente reincidencia en el mismo extravío, como si la luz en él precipicios, lóbrega caverna donde solo y a ciegas.
En el tiempo su ser ciego tentativas, en el tiempo aferrado a las cosas, insistiendo en su incierta permanencia, conjurando con ritos de uso y costumbre el invisible desgaste de cada día.
En el corazón de la ciudad del viento hay un solar con malheridas ruinas: carcomidas vigas, roturados cristales, enmohecidos caños, herrumbre incierta, calaminas retorcidas en grotescas muecas, adobes que la lluvia ha ido desvirtuando, maderas sin filiación, anónimo escombro.
Aquí donde polvo y desolación, aquí
donde vendaval de ruina y desgaste,
aquí donde yermo suelo castigado,
donde olor de putrefactos residuos,
aquí que testimonio de ardua intemperie.
aquí muros y armazón, espacio atrapado.
aquí costumbres y sueños y desvarío.
Tal vez vinieron por las rutas del océano
con sus ancestrales bártulos imantados,
y anidaron en el ombligo del viento derramando polvo de ultramar sobre el suelo, purificando la tierra con mágicos ritos.

Tal vez cayeron de remotas estrellas dotando de cósmicos misterios este sitio, o los aventó el céfiro de los montes, o emergieron del mar estrepitoso con su séquito de ruidos inconsolables.
Yo no recuerdo sino gravedad y silencio, la procesión de seres mudos por los pasillos, los lúgubres quejidos de las enfermas maderas, la lluvia durando interminablemente y el ulular del viento por los intersticios.
Alguien había desconectado el aire,
y las humedecidas paredes,
las desvencijadas tablas del piso,
el polvo milenario de las alacenas,
impregnaron de su vejez el espacio
hasta enrarecer la atmósfera de sedimentos.
Por las escaleras trepaban o descendían
cavilosos fantasmas de solemne paso,
y en los cuartos donde utensilios enfermos o bártulos de insondable identidad dormían, latía aún la vehemente presencia de los antepasados desaparecidos.
La vetusta casona se erguía en el viento interceptando los mensajes del mar airado, y a través de los cristales desleídos precipitaban las olas sus ruidos, mientras diminutos seres clandestinos corrían por el entretecho, o cuchicheaban, o golpeaban las ollas con sus nudillos.

La vieja abuela de mágica estirpe iba por la casa con sus ritos expiatorios, y a su paso asustados espíritus, ánimas, inveterados fantasmas pululantes, caían bajo el conjuro de sus alquimias.
En el diario trajín por el laberinto
se enredaron los pies entre sótano y buhardilla,
entre desván caliginoso de arañas
y lóbrega bodega de yertas maderas.
de modo que mi vida se impregnó de un tiempo
cuajado de inescrutables ceremonias,
lleno de obscuras fórmulas y sortilegios.
Piano y victrola, polvorientos libros, destartalada rueca adormecida, fotografías de seres extraterrestres, cartas que manos trémulas redactaron, descoloridos muebles transcurriendo, hierbas contra maléficas enfermedades, ¿cuándo cedió el patrocinio del tiempo, dónde están vuestras heridas entidades?
El roce del invisible transcurso
gastó vuestra extremada resistencia,
y lo que fue fundación de recios pioneros,
aquello que arrostró terremotos y hechizos,
cayó también a la garganta del tiempo.
Ahora contemplo el solar cicatrizado, veo el resumen oprobioso de una historia hecha de férrea voluntad y resistencia, y es como si los muertos hubieran capitulado.

Porque la vieja casa elevó su apostura
sobre cráneos y húmeros empecinados,
y mantuvo su entidad hasta que los huesos, hasta que fantasmas y espíritus filiales,
hasta que los manes tutelares claudicaron.
Y esta historia es la historia del Puerto,
la historia de los cerros deponiendo
su esplendor de patriarcales dinastías, la historia que lame y lame el viento.
Y algún día cuando volváis de los viajes,
cuando retornéis a las calles de abrupto trazado,
ya no estarán los grandes navíos terrestres,
ya no hallaréis el ancestral maderamen.
Porque entre el clamor de la mar iracunda
y el eólico soplido castigando,
entre lluvia, granizo y terremotos
se va cumpliendo el destino de los hombres, y esta es la historia del gran Valparaíso.

 


XXVI. Naufragios


De noche caen al mar las vidas de los habitantes apretados a los cerros, y luchan allí su espuma, su sal corrosiva, desperezan su naufragio circundante gritando en el desvarío de la marejada.
Mar océano, tus subditos nocturnos, la población de seres hipnotizados que giran sin rumbo en tu efervescencia, tus extraviados hijos de la orilla se prosternan y aullan de obediencia en tu catedral de cristal azul desatado.
Por tu espuma envolvente vagan sus vidas arrastradas sin fin sueño adentro, y desde inaccesibles islas negras envían señales los nautas perdidos haciendo sonar caracolas marinas.
Piélago tumultuoso, profunda madre a cuyo seno salobre mariscadores, navegantes de tormentosa derrota, pescadores de atávico destino caen,
devuélvenos tu sangriento botín de guerra, devuélvenos tus arrebatadas presas, el tributo de sangre que tus subditos reclaman revolviéndose en su propio naufragio.

Porque de noche descendemos a ti temblando,
de noche es la dimensión del extravio
y en la red salobre de tu omnipotencia
sacuden nuestros gritos tu demencia! navio
Mar océano, tus subditos nocturnos.
los que descienden de noche a tu templo iracundo
y desvarían columbrando islas,
prosternan ante ti su febril obediencia
y te arrojan los nombres de sus seres muertos.