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Volver a Valparaíso
(2006) Selección

 

Casa en el tiempo

La casa allí, en algún lugar
de la memoria, del tiempo
retenido en la tupida
espesura de tu conciencia,
inmóvil bajo la techumbre.

¿En qué momento de su rodaje
despertó allí tu pequeña vida,
y se perdió buscándose
en tanto espacio azumagado,
en la atmósfera enrarecida
de tanto cuarto navegando
a la deriva en la arquitectura?

En vano regresas ahora,
y te buscas a grandes zancadas
cruzando los espacios húmedos,
y te llamas con la misma voz
profiriendo un nombre olvidado.

Siempre volverás a casa,
siempre regresarás, viajero,
cuando en ninguna parte hogar,
cuando tu vista nublada,
cuando te acucie la gris soledad,
y despierte del tiempo tu infancia.

Que en algún lugar de tu memoria
te espera en pie la tripulación
de una nave vetusta encallada
para siempre en la primera edad.


Ningún color

Ningún color los dormitorios,
ningún color la sala de estar,
ni la cocina, ni el sótano,
ni el trastero lleno de escobas,
ni la pieza para el lavado,
ni el desván, ni el piano, ni el patio.

Ningún color el mobiliario
de madera casi carcomida,
con cajones de bordes gastados,
los sillones, cuyos resortes
sobresaliendo a través del forro,
la vitrina ya intransparente.

Y las paredes ya doblegadas
por el peso de la humedad,
por la lluvia penetratoria
estableciéndose en los adobes,
y el viento depredador
royendo sin cesar la fachada.

Ningún color, hermanos queridos,
ningún color vuestro semblante
que por las ventanas pálidas,
que por los vidrios desleídos.

¿Y qué color, madre, tu faz,
qué color tu profuso cabello,
y tus ojos que cada día
mirándome crecer, mirándome?

¿Qué color la casa, el armario,
la escalera, los corredores,
el puente de enlace, la mesa,
el cielo raso con angelitos?

Ningún color, porque la casa
sólo un navío fantasma,
que a través de Valparaíso
ingresando en el olvido
con las velas desplegadas.


En algún cerro

En algún cerro de Valparaíso,
un trozo de terreno espera a por ti,
algún solar llevará tus iniciales.

Sobre él edificarás tu casa,
sobre él darás morada a tus huesos,
y cuando desde el océano en ira
aúllen contra el Puerto las tormentas,
tú subirás al puesto de mando
y sostendrás el timón en tus manos,
tú llevarás a la nave por entre
arrecifes, escollos y estrechos,
por entre el furor de los elementos.

En algún cerro de Valparaíso
tomarás posesión de la tierra,
la medirás a grandes zancadas,
la cercarás con eucaliptus fresco,
pondrás en ella piedra sobre piedra.

Con tus propias manos la erigirás,
con tus propias manos la harás tu hogar,
y en cada habitación de espacio
cautivo de la arquitectura,
dormirás oyendo al océano
arrullar tu sueño con sus ninfas.

¿En dónde edificaré mi casa,
en cuál de los cerros corroídos
por el soplo oceánico del viento,
en cuál de los cerros suspendidos,
en cuál de los cerros patrimoniales?

¿Será en el populoso Cordillera,
será en el Mariposa florido,
será en Playa Ancha de húmedos sonidos,
será en el Barón de vieja raigambre,
o en los promontorios del Placeres?

¿Edificaré, Cerro Concepción,
sobre tus espaldas mi morada,
o la erigiré en el Cerro La Cruz,
o en los vericuetos del Yungay,
o en las alturas del Santo Domingo?

En algún cerro de Valparaíso
clavaré mi estandarte de niebla,
y con eucaliptus fragante
elevaré mi nido en el viento,
haré por fin una casa final,
daré hogar a mis huesos errantes.

Frente al mar, amor, donde las olas
mecerán mi sueño vagabundo,
y dormiré, Claire, bajo las astros,
en el agua materna que me llama.


Prométemelo

Prométeme que irás conmigo,
prométeme que abandonarás
esta tierra demasiado fría,
estas montañas imponentes,
este aire sin el mar vital.

Prométeme que en Valparaíso
erigirás conmigo un hogar,
y entrarás en el agua marina
a cubrir tu cuerpo de espuma,
a extasiarte en el roce de la sal.

Prométeme que volveremos
a la ciudad donde mi infancia
voló en la noche prodigiosa,
a descolgar húmedos astros,
a sumergirnos en su océano azul.

Prométeme que irás conmigo
a la ciudad de nocturna prole,
a la costa de asalto sulfúrico,
a los cerros de tambaleantes casas,
a mi Valparaíso amado, esposa.


Noche abajo

Escucho un tronar de planetas
precipitándose noche abajo
desde el azul firmamento,

veo su masa incandescente
iluminar el universo
con su atómico chisporroteo,

siento arder las estrellas de fuego
cósmico de milenarias llamas
propagando su mineral incendio,

observo la horrísona contienda
de cuerpos estelares lidiando
con sus espadas de metal ardiendo,

y despierto todo sudoroso
en una región del planeta
al sur de todos los límites.


Las Torpederas

Regresaré a bañarme
en Las Torpederas,
regresaré a tenderme
en su cálida arena,
y a recolectar caracoles
en su roquerío negro,

regresaré a zambullir
mi cabeza en sus aguas,
regresaré a atravesar
a rápidas brazadas
su cala abierta a la mar,
sus aguas minerales.

Regresaré a navegar
con mi velero viejo,
con mi nave artesanal,
con mi frágil maderamen,

y zarparé desde allí
otra vez hacia alta mar,
otra vez a mar abierta,
otra vez hacia las playas
de más allá y más allá.

Regresaré adonde mi infancia
soñó con un gran galeón,
con un bajel de piratas,
con viajes de nunca volver,

y recalaré de nuevo
en Perú, en el Ecuador,
en la Isla de la Tortuga,
y en las costas de Japón.


El bosque de eucaliptus

Duérmete otra vez, infante,
en el bosque de eucaliptus,
cierra tus ojos en la exhalación
del fresco aliento de aquellas hojas
penetrando en tu íntima existencia,
en tus sentidos, adormeciéndolos.

No es verdad que haya pasado el tiempo,
nos es verdad que aquella mancha verde
danzando en el capricho del viento,
ya no pueda mecerte en sus brazos,
ya no pueda custodiar tu sueño.

Como en aquel entonces, encamina
tu rumbo hacia el bosque encantado,
y penetra en él inhalándolo,
penetra en él apoderándote
de sus substancias mentoladas,
de su odorífera corteza
donde tus fosas nasales se durmieron.

Por mucho que huyas por el planeta,
por mucho que tus pasos febriles
te lleven sin rumbo por el mundo,
siempre volverás a la montaña,
siempre regresarás al sitio
donde yace esperándote tu infancia.

Y siempre encontrarás el bosque
de eucaliptus meciéndose al viento,
siempre volverás a embriagarte
de sus penetrantes emanaciones,
de su mentolado aliento verde.

Duérmete en él nuevamente, infante,
duérmete en el bosque de eucaliptus,
arrullado en su fresco murmurio.


Desbocado

Sin montura volando en el viento,
sin montura sobre mi caballo
cortando las ráfagas del aire,
hendiendo el vacío como el rayo.

A galope a través de mi infancia
sobre un rocín de cascos alados,
lleno de vigor cual la hierba fresca,
pleno de ímpetus, y desbocado.

Cruza la nemorosa serranía,
vuela por sobre los acantilados,
piérdete en la delgada lejanía,
salta por encima de los collados.

En mi caballo de alas invisibles,
sin montura ni bridas, montado
a pelo, dejando atrás distancias,
dejando atrás mi infancia, desbocado.