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Cólera de Amar (1977)

1. Somnolencia

La luz es una extraña somnolencia
del olvido,
como querer despertar
de algo muy lejos.

Si alguien tocara el hilo
de las relaciones,
si alguien manipulara los circuítos,
saltarían los síntomas del sueño
gritando de terror, descontrolados.

Ahora, si el ademán invisible
que gestiona en los estratos subyacentes
emergiera de pronto, y acusara,
muchos morirían,
muchos morirían.

Y si sus raíces obstinadas
ascendieran desde el fondo de los tiempos,
desnudas, terriblemente fidedignas,
ninguno de los que somos podría huir
ni ser perdonado.

Adentro del anillo luminoso
donde ocurren los acontecimientos,
es obscura su voz, no tiene idiomas,
derivan los sucesos en desorden.

Vamos rodando en su frío interior
perseguidos sin fin por los hijos ausentes,
buscando a tientas los vínculos del agua.

No llegaremos jamás a la antigua ribera
donde adustos náufragos aguardan.
Ellos fueron su propio destino,
ellos quisieron morir esperando.

La luz indecisa que enhebra
apenas los rasgos de la superficie,
no podría por ellos más que el olvido,
no podría arrancarlos del sueño.

Se quedarán para siempre en nosotros.
No les digamos adiós los que somos.
La luz es una etapa del olvido.


3. Encrucijada

A la encrucijada de los testamentos
concurre la sangre con títulos raídos,
pálida su certidumbre reminiscente.

Junto al lecho ancestral de agonía
monta vigilia un ejército opaco.
El que yace entre espasmo y delirio
no sabe en la muerte, rodeado de fantasmas.

Más allá de las últimas enfermedades
se dirimen los rasgos definitorios.
Verificados decesos aclaran
el confuso perfil de los pueblos errantes.
Las raíces gobiernan el agua.

Un ejército opaco penetra
en el tiempo inaugural de la muerte.
Ondea el estandarte de la cacería.
Aparecen sobre el mundo los ausentes.

El que agonizó entre espasmo y delirio
ha regresado a su patria silvestre, en la tierra,
y no supo jamás el misterio sagrado
de sus huéspedes postreros.

Para vosotros su vida gastada
inscrita en la tierra con huellas enfermas.
Cada cual haga suyo su propio destino,
la máscara original desenterrada.
Mañana será con vosotros la muerte,
un trozo de certidumbre testamentaria.


9. Horario

Demasiado tumulto arrastra en su cauce
el reloj de las destituciones,
mucho de ruidos depuestos traicionan
los muertos que siguen muriendo.

Los ciegos difuntos dejaron sus ojos
clavados en los calendarios,
y cada día de Dios en la tierra
es un testigo en tinieblas que acusa,
que sigue mintiendo la luz y el sonido.

Quien busque lo más verosímil del tiempo
hurgando en los hechos por él devorados,
aquél que recoja los huesos o el polvo
y escuche latir las edades,

ay, que no diga que han muerto los muertos,
que no rompa con tales palabras
la indeleble unidad de la vida y la muerte.

Hay necrópolis que aúllan de ira
en las lindes de la piedra y los metales.
Nadie podría decir que esos cráneos raídos
portaron un ser de atributos extintos,
nadie podría aplacar esa ira.

Un mecanismo de sordo tumulto invisible
regula el horario de las defunciones,
y cada ser que muere en la tierra
regresa a vivir en nosotros definitivamente,
regresa a nosotros y sigue muriendo.


13. Cólera de amar

Cólera de amar,
apodear mi instrumento creativo
uniendo o disgregando,
creando o destruyendo,
en la ansiedad de la muerte
gestiona con iras extremas,
porque no muera ni aún sucumbiendo
la totalidad de las fuerzas
ocultas que guardo.

Entonces hostiles substancias
no yazgan sufriendo
opresión ni ignominia,
no sean la noche en acecho
ni sueños infaustos
creciendo del agua.

Por tu relámpago no desatado
la eternidad de otro hijo del hombre,
el tiempo sujeto a su ser poderoso
que siga existiendo sin fin
más allá de los padres difuntos.

Ahora ya puedes morir
o seguir existiendo,
ya puedes la luz extinguida
o desarrollar tus costumbres originales,
continuar tu destino en mudanzas terrestres.
Pero ya no podrás regresar a la tierra.


21. Mares

Mares los ruidos del mundo
en la noche costera,
albas sortijas de espuma viniendo
a quebrar su cristal en la arena.

Aguas, océano cruel propagado
en terrible reguero de asedios bramantes,
límite hostil que la luna levanta
contra un planeta de muertos metales.

Mar en la playa, dormido en la arena,
escuchando hasta en los huesos romperse tus ruidos.
tus seres bramando su estrépito ronco en tu vientre,
tronando de furia nocturna tus hijos.

Ay, son los náufragos tuyos que guardas, hambrienta,
son las almas que en ti forcejean
queriendo escapar de tu obscura garganta.
Son tus muertos que asoman de noche en la arena.

Son mares los ruidos del mundo,
son ulular de las ánimas no rescatadas,
nos moriremos de espanto en la costa nocturna
donde se asoman y gritan agónicos nautas.


24. Hijos

Hijos los hijos inéditos aún,
sin ser su substancia por años
guardada en mis venas,
corriendo en mi sangre su vida increada,
morada mi vida de vidas nonatas.

Un hijo recorre mi sangre
y quiere emerger a crearse,
sus ojos dormidos contemplan el mundo
a través de mis ojos,
su mente atesora en la bruma.

Aquello que he visto serán
sus recuerdos secretos,
sus sueños saldrán de estos días
a gobernar su reposo,
y aunque no quiera saber
cómo fueron mis pasos errando,
aunque su vida se niegue a creer
que ha vivido en mi vida,
hijo será su destino
de todas las cosas que ocurren.

Depositada tu vida en el tiempo,
serás el que he sido con otros atuendos,
serás en otoño, hijo mío,
serás por las lluvias ungidos,
y el mar de las costas nocturnas
tus ruidos filiales.

Ahora contempla a tu madre
que aún no conoce tus rasgos,
mira la estirpe matriz
de donde saldrás, deslumbrado,
y dinos que quieres venir a ser nuestro.

Dinos que es bello el planeta
que para ti hemos creado;
dinos que amas la luz
que encendimos por ti en la montaña;
dinos que quieres que sea tu madre
mi esposa,
y yo tu padre, hijo mío.

Déjanos ser el amor,
la lumbre radiante que abrigue
tus años desnudos y ciegos.

Déjanos ser la ternura
abrazada a tu vida,
la dulce palabra cayendo a tu oído,
el beso cayendo en tus labios.

Y cuando quieras saber
cómo eras cuando aún no existías,
cuando tus sueños se llenen
de obscuras evocaciones,
ven a leer nuestros ojos,
ven a tocarnos la frente,
bebe tu historia secreta
en nuestros labios callados.


33. Los pasos perdidos

Fueron y fueron las calles radiantes
de rubio esplendor macilento,
las láminas tristes pegadas contra la tierra,
gastándose al roce del tiempo,
cayendo hacia el humus materno.

Fueron los días llenando
de clima confuso, de espesa ceniza
un territorio de pálidos hijos,
y entre las frondas de seres fantasmas
caían, caían las hojas enfermas.

Fueron los viejos castaños
abriendo su suave tesoro hacia el mundo,
precipitando sus dádivas ceremoniales
contra la tierra empañada,
preciso su rígido horario de parto.

Fueron y fueron los pasos perdidos
siguiendo las huellas secretas del bosque,
interpretando los síntomas de la floresta,
oyendo sin fin un murmullo
de vidas silvestres caer destruídas.

Fueron y fueron y fueron
los largos, los largos otoños,
la lenta agonía de seres heridos
cayendo o errando en la tierra,
muriendo en la vida en la tierra.