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Domicilios I (1996)

3. Al borde de la conciencia

Al borde de la conciencia
la humanidad con sus lentos pasos
de irresoluta bestia,
sórdida de humores
y lamidas pustulencias,
cabizbaja de escoria
y natal impureza.

En torno de los siglos
su estilo de serpiente
o dividido reptil
olfateando en la morada
de huesos maldecidos,
por toda una eternidad impuros.

Algo oprobioso, algo obscuro,
algo abyecto en su mirada
de conmovida textura,
cuando desde los rincones
de los días, del otoño,
de las sacras festividades,
su aparición de ánade
o eunuco suplicante.

Cómo no sed de morir,
cómo no amor a la muerte
oculto prófugo errante
de campanada en tumba,
asqueado de domicilios.

Cómo con presencia y lumen
impuro cómplice siendo
en los limites borrosos.

El hombre hogar gastado,
recipiente de inútiles siglos,
pura densidad infructuosa.

Al borde de la humanidad
la conciencia bruma y sollozo,
vacío, vacío domicilio.


4. Lúmina

Lúmina turbia claridad,
(¡lúmina, lúmina, lúmina!),
lúmina turbio cristal
cruzando yertas edades,
luz inhóspita orfandad.

Árida aridez de sal,
árida edad vertical
con fatiga, hijo numeroso,
congregado en sí, tan solo.

Hijo mío, ¿con cuáles,
con cuántos que errantes,
con quiénes tu morada,
tu domicilio fantasma?

Por una vez, por númenes,
por calendarios fluyendo,
¡lúmina lóbrega luz!,
¡lúmina, lúmina, lúmina!

Vertical por la edad, límpido torrente turbio,
árida aridez de sal.

¿Con cuántos, con quiénes,
con cuáles, hijo errante,
merodeador eterno?

Una espada vegetal
para tu olfato inerme,
un surco agrícola,
un grano destellante.

Lúmina agreste deidad,
turbio racimo llameante.
Tanta morada y errar.
Lúmina, lúmina, lúmina.


7. Domicilio perpetuo

Sus ojos sombrío color
de áspero clima en la orilla,
de enmarañado amasijo de ojos
latiendo de direcciones,
parpadeantes de oceánicos rumbos
sumergiéndose en la geografía.

Ciudad, tus rituales habitantes
una cruz de sal en la frente,
un soplo de aliento austral
desgreñando sus sueños,
la señal del agua indómita
en su sombría mirada.

Por esas calles hálito gris
en la espesa madrugada
cuando desnudo hogar animal,
y las campanas su elenco
de metálico alfabeto
revoloteando dentro.

Hijo mío, la áspera sal,
el húmedo estandarte
de la oceánica progenie,
la arquitectura raída
por el temblor del agua,

tu hogar, hijo, el asilo
de tu oceánica madre,
tu perpetuo domicilio.

En ti sus raudas olas,
en ti su atroz bramido,
en ti su sal irruptora.

Sombríos ojos de tumbas,
de aguas densas agitadas
ondeando con todos los rostros,
con náufragos imborrables.


8. Domicilios muertos

El corazón pesado
de viajes y evocaciones,
de muchachas desnudas
ahogándose, inconclusas,
de amigos al borde
del vino hospitalario,
de calles interminablemente
recorridas y reanudadas.

Un latido en falso,
y grises bandadas
su agorero graznido
desde vaporosos bosques
o islas emergiendo de los sueños.

A la entrada del otoño
los domicilios muertos,
las puertas clausuradas,
las ventanas ciegas.

Sólo el corazón su lucha
de jinete suicida
por fechas y acontecimientos,
por rostros y utensilios
colgando de las paredes,
familiarmente adustos.

En los aledaños
los vecinos difuntos,
los nombres borrosos,
el perfume destruído.

Ningún testimonio,
y el corazón pesado,
pesado con su bagaje
de inútiles pañuelos,
de rostros amortajados,
de infieles domicilios.


12. Domicilio final

Tu domicilio final un número
fijo en la piedra para siempre,
mudo como tu vida
más muda ahora que nunca
entre tanta mudez infructuosa.

En el viento marino tu nave
clavada en la eternidad salobre
inútilmente sus velas mustias,
inútilmente su timón trabado
entre inconmovibles arrecifes.

A tu progenie oceánica,
madre torrencial, madre huracán,
a tu progenie oceánica
el férreo tesón, la actitud
de piedra, de metal nocturno,
la línea del perfil precipitada
de tu granítica humanidad.

Desde el manantial testamentario
el mismo ademán, el hábito
de indómita rectitud terrestre,
de inconmovible celo tribal
ejerciendo el patrimonio ardiente.

En tu domicilio final, ahora,
tú, que domicilios contigo,
tú que heredad transoceánica
de latitudes nunca resueltas,
de domicilios comparescentes.

Número de piedra silente
extático en tu frente invisible,
señalando en el viento salobre
el sitio de tu lecho eterno,
perpetuamente muda y despierta
entre tanta mudez dormida.


13. Flores

Flores de ácido perfume,
flores iracundas, madre,
para tu aposento en brumas,
para tu sueño transterrenal
velado por pálidos huesos.

Flores de color inútil,
flores de pétalos sin entidad
en tu balcón de mármol
donde tu presencia extinta
jamás su perfume terrestre.

Ellas desde la húmeda tierra
con su cáliz de licor vegetal
y su alegría de luz rosácea
para tu morada adusta, madre,
para tu silencioso hogar.

Pero tú callada, madre,
pero tú en tu lecho de piedra,
con tu voluntad de piedra,
durmiendo el sueño de la piedra.

Mañana, ayer y nunca más,
mil años, el infinito, la eternidad,
y sólo el pútrido perfume
de sus mejillas en ruina
que el tiempo, que la depuesta edad.

Sólo estas flores desbordadas,
sólo su cáliz de luz putrefacta
derramando en el aire su indignación,
que aquí tu aposento en brumas,
que aquí tu sueño de piedra,
que aquí tu domicilio atemporal.


19. Rostros y retratos

Ráfagas de rostros y retratos,
de voces y atroces pesadillas
entrecruzadas en la realidad,
adueñándose misteriosamente
de habitaciones y atuendos,
de lecturas y largos viajes,
de la tarde neutral consumiéndose
en la lenta rotación terrestre.

Por aquellos caminos interminables
desde el interior de los espejos,
a través del trasfondo sin fondo
de las pupilas de los muertos,
o pulsando su magnético hipnotismo
desde la vorágine inmisericorde
de los más brumosos sueños…

Sacerdotisa de estas crueles deidades
distorsionando el mundo
con sus inextricables maleficios,
ángel desertor sentado
a la diestra del sumo destinatario,
fuerza inmanente infiltrada
en el antro de las convocatorias,

mi tributo de noches rotas,
mi tributo de ordalías y naufragios
por un rapto de olímpica luz
en la escabrosa marejada,
por una ráfaga de espigas
exhalando su oro solar en el roce.

Mi ofrenda de lluvias y maderas,
mi abdicación a las potestades
de las cátedras silvestres,
mi heredad de tumultuosas olas
por un domicilio en la luz,
por un toque de apolíneos dedos.

Porque de espejos y retratos,
porque de las cuencas de los muertos,
y de los sueños precipitados
todos los espíritus sus voces,
todos los fantasmas su demencia,
la tarde en sol muerto enmohecida.