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Centinela (1997/98)

4. Hora

Hora de contemplación,
hora del profundo asombro
absorto en tu propio interior
como en un turbio pozo.

A través de un gran vacío
circuído de niebla;
circuído del misterio
de tu conciencia.

No abras los ojos, hijo,
en medio de los testimonios;
en medio de tantos dedos
y de tantos ojos.

Padre, la atroz profecía
se ha cumplido;
se ha cumplido tu voz
desde un principio.

Por la gris interioridad
nosotros, todos nosotros;
nosotros los que yo y yo,
los que tú y tus retoños.

Hora de contemplación,
hora del viaje hacia dentro.
¿Y todo ésto hemos sido,
todo ésto hemos perpetro?

En un pozo sin riberas,
sin aguas, sin luz, sin fondo.
Nunca terminaremos
de caer, de tantos ojos.

Hágase tu voluntad,
tu voz, tu dedo, tu gesto.
Padre, se ha vivido mucho.
Tal vez ya se ha muerto.

Por una densa maraña
de entretejida niebla,
y tantos rostros a la vez,
tanta abismada conciencia.

6. Rosa de incendios

Una rosa de incendios
por entre las estalactitas
transparentes de enero,
una rosa de pétalos
envueltos en fuego,
erguida en el invierno.

Consumirse en ella
con todos los despojos
de existencias muertas;
de vidas en ruina
tras nuestras huellas,
tras todas las puertas.

Rosa de licor febril,
rosa de iracundos pétalos;
rosa mágico elixir
al rescate en la marisma
de un nebuloso morir
envolviéndonos la vida.

En ti caer, en ti arder
por los siglos de los siglos,
en ti regresar a Dios
sin mácula ni castigo,
ardiendo una eternidad
en la vid y en el trigo.

7. A medio camino

Un mendrugo de ingravidez,
una yacija de párpados
aprisionando mis huesos,
un sepulcro, oh, un sepulcro
abierto en el reposo,
velado por los planetas.

Tardío el jinete,
tardíos los cascos
de su cabalgadura.
Hora. ¿Qué hora?¿Qué vigilia?
Una aldea, pero ojos muertos,
un atajo, y lejos, muy lejos.

Así el humo en los bosques,
así el serrín
en los aserraderos.
O las setas pasmadas,
clavadas en su asombro
en la impávida orilla.

Las torres gemelas,
su ejemplar obediencia,

su duración de piedra.

Su impalpable hastío,
su vigilia sin noción
sobre campanas y misas.

Tarde a medio camino,
siempre a medio camino
entre nunca partir
y no llegar nunca.
Entre el jinete en vela
y las portentosas setas.

Y ni un mendrugo de mudez,
ni un aleteo de pájaros
hacia el silencio muerto.

10. Edades

Tu edad un despeñadero
en la garganta sin bordes
de todos los gritos terribles,
un precipicio en brumas
en cuya gris hondonada
los años, los días amargos,
las estériles semanas,
los meses sin Dios despeñados,
rodando hacia el infinito.

Allí el primero de enero,
éste el veintiocho de junio,
aquél el dos de noviembre,
ése algún día de mayo,
aquellos los graves domingos,
aquí nuestro Viernes Santo.

Y el Miércoles de Ceniza,
y Natividad solemne,
y Pentecostés, y Reyes,
y Epifanía jocunda,
y los Domingos de Ramos…

Contigo en tu edad con todos,
con todos, todos tus días
ocurridos en el tiempo,
despeñándote, cayendo,
arrastrando en tu rodar
tristes cumpleaños, misas,
defunciones otoñales,
sórdidas habitaciones,
espejos con rostros cautivos.

Tu edad en ti cada día
girando en la ingravidez
de sueños, de ensoñaciones,
en la diaria somnolencia
de la profunda memoria.

12. La casa

Me iré. Te irás.
Nunca regresaremos.
Nadie preguntará,
y la casa quedará
girando en el tiempo.

Vacía, en silencio,
sola en la soledad
de nadie durmiendo,
de nadie sintiendo
arder la eternidad.

Nadie nos recordará,
nadie leerá mis sueños
diluirse en la orfandad
de la abierta inmensidad
sin hallar sustento.

Los pájaros vendrán,
la lluvia en chapoteo,
las hojas caerán,
la nieve relumbrará,
y ya no estaremos.

Nunca regresaremos,
nadie recordará
que en la casa en silencio
tú y yo lucha en el tiempo,
ardiendo en la eternidad.

14. Mazmorras

Ingresar al sueño
con una pócima gris
de extractos letales,
con un licor triunfal
de uvas desquiciadas,
grave de actitud
entre fechas y alimañas.

Descender con un ángel
de extrema pulcritud,
con una antorcha ígnea
de invencible resplandor,
el mismo y ajeno
en la tenebrosa selva
de tus propias mazmorras.

Y allí gritos y ausencias,
y allí rostros y máscaras,
allí noche y fatiga,
sombras furtivas cruzando
con su pesada carga
de filial congoja,
voces irreconocibles
sonando desconsoladas,
nombres dormidos grabados
en las lóbregas paredes.

Ingresar al sueño
con una linterna mágica
abriendo los aposentos,
con una bestia feroz
mordiendo apariciones,
pasajeros taciturnos
sentados a la mesa,
niños ahogándose en llanto.

Con un agudo violín
sonando todos los registros,
abriendo todas las tumbas,
conjurando fantasmas
alojados para siempre
en las mazmorras del subconsciente.

16. Ahora

Ahora más que nunca, Claire,
ahora que todos los diques,
ahora que las cisternas rotas,
ahora que ante el destino
con una espada de pétalos
y la señal de la tierra.

Ahora, ahora, pequeña,
ahora tu crucial conjuro
de símbolos y voces,
ahora tu delgada voz
doblegando bestias
frente a todas las tinieblas.

Ahora tu resolución,
ahora tu osado salto
sobre tu propia sombra,
ahora tu mordedura láctea
contra la turbia ponzoña.

En el eléctrico cruce
de todas las definiciones,
en el momento supremo
de ser o no ser, de luchar
o sucumbir mordiendo
la amarga nuez del destino,

tu mano, tu resolución,
tu delgada, delgada voz
estrangulando ofidios,
conjurando númenes
en esta hora fatídica
frente a todos los jueces.

Ahora esposa, pequeña,
ahora tu decisión,
ahora tu aliento vital,
erguidos frente al destino
con una espada de pétalos
y la señal de la tierra.

17. Contigo

Contigo en el amor,
contigo cuerpos desnudos
el roce del pedernal,
incendio de pastizales,
vorágine, propagación,
crepitante estampida
de llamas entre tú y yo.

Por un río en fuga,
por una corriente aprisa,
aprisa, alígera, rauda,
tú y yo, amor, nosotros,
girando en el agua, girando,
girando en el torbellino
de nuestro abrazo, abrazados.

En nosotros penetrar,
en nosotros extinguirnos
y volver a comenzar,
caer al fuego ritual
y sumirnos en sus lenguas,
en su catarsis mental.

En un río en llamas, esposa,
en un torrente cósmico
de vertiginosas estrellas
revolviéndose, incendiándose,
naufragando en el deseo
y volviendo a crepitar.

Contigo en el amor,
contigo en la eternidad
del pedernal en roce,
de la espiga en plétora,
derramada en harinas
de incendiaria combustión,
ardiendo sin tregua,
juntos en un sólo haz.

22. Viajero roto

Al lugar de los hechos
el viajero roto
con los mismos sueños,
bajo los mismos rostros.

Los cerros sumergidos
bajo el fragor del mar
destruyéndose en ruidos,
indómito en su batallar.

Por las lóbregas calles
con la melancolía
del que de lejos y tarde,
del que en viaje todavía.

Del que nunca nuevamente
al lugar de los hechos:
la cruz de los ausentes
en los cementerios.

Erguido frente al mar
con las cicatrices
asomadas a la sal.
Así también Ulises.

Infructuosamente amargo
al pie de su destino,
el viajero en tránsito
hacia sí mismo.